Hay cosas que para bien o para mal no se te olvidan. Pasan los años, pasan las décadas, se archivan, pero siguen ahí. Una de esas vivencias pasadas ocurrió... bueno, el siglo es lo de menos... hace muchísimo, en un instituto del desaparecido bachiller. En aquella época de recién estrenada democracia (aún quemaba, la jodida, así que había que soplar mucho), servidor, ya en el punto de enfrentarse al acceso universitario, pululaba por aquellos casi clandestinos grupos de adolescentes entusiasmados, sociatas, comunistas de poca monta, escondidos bajo su escandaloso pañuelo revolucionario o anarquistas profesionales del dame lo tuyo, que es mío, y deja lo mío, que no es tuyo.
Finalmente, jóvenes con ganas de romper con lo viejo. Y lo viejo, en aquel entonces, era la dictadura y su moral de doble corte, la época del catolicismo oficial y mentiroso embadurnada en una moral políticamente tecnicista, pero siempre falsa. Recuerdo una de esas conversaciones enervadas de preuniversitarios convencidos. La revolución pa'quí, la revolución pa'llá. Parecía que España iba de azul a rojo a fuerza de empujones dieciocheros, pero nada más lejos de la realidad.
En uno de aquellos alardes ideológicos afirmé con convencimiento, como nunca antes (y aún guardo esa idea en el tercer cajón del lado derecho de mi cerebro), "ninguna revolución será válida ni tendrá resultados si no cambian antes los individuos".
Todos aquellos sociatas, comunatas y anarquistas del cuento, en su mayoría hoy estirados caballeros de traje y corbata, intermediando la cuarentena o rascando su quicuagésimo cumpleaños, pusieron, con el jóven ímpetu del momento, el grito en el cielo. Todos tenían la solución a nuestro futuro de ayer, presente hoy. (El presente de hoy fue el que soñamos hace 30 años y no supimos construir, te lo advierto ahora, jóven lector.) Pero poco se parece a aquella preconizada revolución de masas, aquel pan, techo y trabajo para todos.
"Sólo repites lo que oyes", espetaron. Y aquello, me dolió. Y las ideas, se guardaron. Y desde aquel entonces, se supone que fui... ¿Qué cosa soy ahora en la que se supone, me convertí? ¿Un fascineroso pepero? ¿Un ejecutivo agringado de hamburguesa estándar y 4x4, que como ya dije en otro momento, ya no resulta ser 16, sino mucho más caro? Mis ideas se archivaron, mi boca se calló e hice lo que hicieron los ideólogos de un tiempo nuevo. Una carrera, una profesión, un trabajo y un ascender en la cadena del consumo.
Y como vaticiné, salvo que al revés, los individuos no cambiaron. No fueron más honestos ni fueron más generosos. No fueron más cordiales ni usaron el sentido común. No compartieron ni ayudaron ni tendieron la mano. No huyeron de la violencia ni del insulto ni de la agresión gratuita ni pagada. Y hoy, semos lo que semos, unos paletos tecnificados de teclado y pantalla boba detrás de un sueño iluso sustentado en préstamos y despidos, corriendo tras nuestro Shangri-La de VISA y oro.
Y ellos eran los revolucionarios. ¡No me jodas!
Lo terrible es que, a varias décadas vista, nuestra adolescencia de hoy, preuniversitarios en paro, futurólogos de su mañana, planean convertir una sociedad de democracia encapsulada y adornada de corruptelas, baratas unas, multimillonarias otras, llevándola del rojo progresismo al azul conservador, a través de los mismos cuentos y sustentados en las mismas excusas colectivas.
Y, de nuevo, nadie hace lo que debe hacer: cambiarse a sí mismo. ¿Quieres un mundo mejor? ¿Más justo? ¿Más equitativo? ¿Más equilibrado? ¿Más respetuoso? Sé tú mismo lo que quieres que sea el mundo.
Y de nuevo, hoy, la misma frase, aunque me la han cambiado un poco, "sólo oyes lo que repites". ¡Gracias a Dios! (Aunque no crea en esa cosa de las religiones, claro.)
(Imagen de jovenesdespiertos.wordpress.com.)
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